Leer no es entender

¿por qué hay niños que leen perfectamente, pero no comprenden lo que leen?

10/31/202610 min read

Hay una situación que se repite bastante en las aulas. Un alumno termina de leer un texto. Lo ha leído estupendamente, sin equivocarse, respetando los puntos y hasta poniendo cierta entonación. Le preguntamos qué ha pasado en la historia y nos mira como si acabáramos de pedirle que nos explicara qué es la declaración de la renta.

Y entonces llega una de las grandes soluciones universales de la educación: «Pues vuelve a leerlo». El alumno vuelve a leer. Nosotros volvemos a preguntar. Y seguimos prácticamente igual. Pero ¿y si el problema no fuera que necesita leerlo otra vez? Aunque parezca extraño, leer correctamente y comprender lo que leemos no son exactamente lo mismo. Y entender esta diferencia es fundamental para saber cómo ayudar cuando aparecen dificultades con la lectura.

Vamos a verlo sin complicarnos demasiado.

Leer bien no siempre significa comprender bien

Cuando hablamos de aprender a leer, solemos pensar en reconocer letras, unir sonidos, formar palabras y conseguir leer frases completas con cierta soltura. Todo eso es importantísimo. Pero es solo una parte del proceso. La lectura tiene dos grandes componentes que necesitamos diferenciar:

  • El reconocimiento de palabras: identificar lo que está escrito y convertirlo en palabras conocidas.

  • La comprensión del lenguaje: entender qué significan esas palabras, cómo se relacionan entre sí y qué información transmite el texto.

Esta distinción es la base de un modelo muy conocido en investigación educativa: la Visión Simple de la Lectura, propuesto por Gough y Tunmer en 1986. El nombre puede resultar un poco engañoso, porque de simple tiene lo justo, pero la idea es bastante fácil de entender: para comprender un texto escrito necesitamos tanto reconocer las palabras como comprender el lenguaje que expresan.

Pongamos un ejemplo. Imagina que sabes pronunciar bastante bien las palabras de un texto en italiano, pero apenas conoces el idioma. Puede que lo leas con una entonación estupenda y que, aun así, no tengas ni idea de lo que acaba de pasar. Ahora pensemos en la situación contraria. Alguien te cuenta una historia y la entiendes perfectamente, pero cuando intentas leerla por tu cuenta te cuesta reconocer las palabras. En los dos casos aparecen dificultades de comprensión lectora, aunque las causas son diferentes. Por eso es importante no dar por hecho que, si un estudiante no comprende lo que lee, necesita simplemente leer más.

A veces sí necesita mejorar su fluidez. Otras veces necesita ampliar su vocabulario, aprender a relacionar ideas o desarrollar estrategias para interpretar los textos. Y, en muchos casos, necesita trabajar varias de estas cosas a la vez.

¿Qué hacemos realmente cuando comprendemos un texto?

Vamos a leer esta frase: «Cuando Marcos llegó a casa, dejó el paraguas junto a la puerta y se quitó los zapatos empapados». Ahora una pregunta: ¿qué tiempo hacía fuera? Probablemente has pensado que estaba lloviendo. Pero el texto no lo dice. Has llegado a esa conclusión porque has relacionado dos pistas —el paraguas y los zapatos mojados— con tus conocimientos sobre el mundo. Acabas de hacer una inferencia. Y las inferencias son solo una de las muchas cosas que hacemos cuando leemos.

Para comprender un texto también necesitamos entender el vocabulario, reconocer a quién se refieren los pronombres, relacionar unas frases con otras, identificar las ideas importantes y comprobar que todo tiene sentido. Por ejemplo, fíjate en esta oración: «Laura llamó a Marta cuando llegó a casa porque estaba preocupada». ¿Quién llegó a casa? ¿Quién estaba preocupada? Dependiendo del contexto, podríamos interpretar cosas diferentes. Un buen lector utiliza la información disponible para resolver estas dudas y, cuando no hay suficiente, reconoce que no puede estar completamente seguro. Esto también forma parte de la comprensión lectora.

No se trata únicamente de recordar lo que pone en un texto. Se trata de construir su significado sin inventarnos lo que no sabemos.

¿Por qué algunos estudiantes leen sin comprender?

No hay una única causa. De hecho, dos estudiantes pueden equivocarse en la misma pregunta por motivos completamente distintos. Estas son algunas situaciones habituales.

1. Leer les supone demasiado esfuerzo

Si un estudiante necesita detenerse constantemente para reconocer palabras, es posible que gran parte de su atención esté dedicada a descodificar. Y mientras intenta averiguar qué pone, puede perder el hilo de lo que está leyendo. En estos casos conviene observar la precisión, la fluidez y el reconocimiento de palabras, además de la comprensión.

2. No conocen suficiente vocabulario

Imagina que lees esta frase: «Las precipitaciones provocaron el desbordamiento del cauce». Si no sabes qué significan precipitaciones, desbordamiento o cauce, comprenderla se complica bastante. Podemos conocer todas las letras de una palabra y no conocer su significado. Por eso, el desarrollo del vocabulario y los conocimientos sobre el mundo son fundamentales para comprender lo que leemos.

3. Les cuesta relacionar las ideas

A veces entendemos cada frase por separado, pero no conseguimos conectarlas. Por ejemplo: «Claudia dejó el vaso sobre la mesa. Su hermano lo cogió y lo llevó a la cocina». Para comprender lo que ocurre tenemos que reconocer que lo se refiere al vaso. Parece sencillo, pero los textos más largos pueden contener muchas referencias, personajes y relaciones que debemos mantener en mente.

4. No interpretan la información implícita

Volvamos al paraguas de Marcos. Si preguntamos qué tiempo hacía, el texto no ofrece una respuesta literal. Necesitamos deducirla. Estas deducciones aparecen constantemente en cuentos, noticias, instrucciones y conversaciones. Cuando no conseguimos realizarlas, podemos entender las frases, pero perdernos una parte importante de su significado.

5. No se dan cuenta de que han dejado de comprender

Esto nos pasa incluso a las personas adultas. Seguro que alguna vez has terminado de leer una página y has pensado: «Un momento, ¿qué acabo de leer?». La diferencia está en qué hacemos después. Podemos volver atrás, releer una frase, buscar una palabra o intentar reconstruir lo que ha pasado. Pero estas estrategias no siempre aparecen de forma espontánea. También hay que enseñarlas.

No soy especialista: ¿cómo puedo saber qué necesita trabajar?

Esta es probablemente una de las preguntas más importantes del artículo. Porque está muy bien hablar de inferencias, procesamiento sintáctico y reconocimiento léxico, pero si eres padre, madre o docente y lo único que quieres es ayudar a un niño que no entiende lo que lee, tanta terminología puede resultar poco útil.

La buena noticia es que no necesitas ser especialista para empezar a observar qué está pasando. Eso sí, observar no significa diagnosticar. Las siguientes propuestas sirven para orientar los primeros apoyos, no para identificar por nuestra cuenta un trastorno o una dificultad específica de aprendizaje.

Una pequeña comprobación en cinco pasos

Busca un texto breve, adecuado para su edad y sus conocimientos. Mejor si trata sobre un tema que le resulte familiar. No hace falta preparar un examen ni sacar una ficha con cuarenta preguntas. Vamos a observar cinco cosas.

1. ¿Cómo lee las palabras?

Pídele que lea un fragmento en voz alta, siempre que sea una situación cómoda para esa persona. Fíjate en si reconoce las palabras con cierta facilidad, si necesita detenerse constantemente, si cambia unas por otras o si pierde el hilo de las frases. Si leer le supone mucho esfuerzo, puede necesitar apoyo específico en reconocimiento de palabras y fluidez.

2. ¿Comprende mejor cuando escucha el texto?

Lee tú otro fragmento de dificultad similar y comprueba si puede explicarte qué ha ocurrido. Si comprende bastante mejor cuando escucha que cuando lee por su cuenta, conviene explorar si el reconocimiento de palabras está dificultando la comprensión escrita. Pero cuidado: esta comparación no constituye una prueba diagnóstica. También influyen la atención, la memoria, el vocabulario y las características de los textos.

3. ¿Entiende las palabras importantes?

Selecciona dos o tres palabras relevantes y pregúntale qué significan. También puedes pedirle que las explique con sus propias palabras o que las utilice en otra frase. Si desconoce buena parte del vocabulario, ya tenemos una pista útil para empezar a trabajar.

4. ¿Entiende lo que dice el texto y lo que podemos deducir?

Haz dos preguntas diferentes:

  • Una literal: «¿Dónde dejó Marcos el paraguas?».

  • Y otra inferencial: «¿Por qué crees que tenía los zapatos mojados?».

Si responde bien a las preguntas literales, pero le cuesta interpretar la información implícita, podemos empezar a enseñar cómo localizar pistas y construir inferencias.

5. ¿Qué hace cuando no entiende algo?

Pregúntale directamente: «¿Hay alguna parte que no hayas entendido?». Después observa si intenta releer, pregunta por alguna palabra o busca una pista en el texto. También puedes introducir una frase contradictoria y comprobar si detecta que algo no encaja. Si no utiliza estas estrategias, podemos enseñárselas de forma explícita.

Una guía rápida para decidir por dónde empezar
  • Si le cuesta reconocer palabras o lee con muchas interrupciones: podemos empezar por trabajar la precisión, la descodificación y la fluidez lectora.

  • Si lee las palabras, pero desconoce su significado: podemos centrarnos en ampliar su vocabulario y sus conocimientos previos.

  • Si entiende las frases aisladas, pero pierde el hilo del texto: conviene trabajar los conectores, los pronombres y las relaciones entre oraciones.

  • Si responde correctamente a preguntas literales, pero no consigue deducir información: podemos trabajar las inferencias y la búsqueda de pistas.

  • Si no identifica de qué trata un texto: podemos empezar por reconocer las ideas principales y la estructura textual.

  • Si continúa leyendo aunque el texto deje de tener sentido: podemos enseñarle estrategias para supervisar su comprensión, detenerse y releer cuando sea necesario.

Estas orientaciones no pretenden clasificar al alumnado en categorías cerradas. Los procesos lectores están relacionados y pueden necesitarse varios apoyos al mismo tiempo.

Lo importante es que nos permiten dejar de trabajar a ciegas. Y si las dificultades son persistentes, afectan de forma importante al aprendizaje o generan malestar, conviene hablar con el equipo docente y solicitar una valoración por parte de los profesionales correspondientes.

Cinco actividades sencillas para empezar a trabajar la comprensión

Ahora que sabemos qué podemos observar, vamos con algunas actividades que se pueden hacer en el aula o en casa. No requieren materiales complicados. De hecho, muchas se pueden preparar con papel, lápiz y un poco de imaginación.

1.Detectives de pistas: para trabajar inferencias.

Escribe una situación breve: «Al entrar en la cocina, Hugo encontró harina sobre la mesa, tres huevos rotos y a su hermana intentando esconder un bol». Pregunta qué creen que ha ocurrido. Pero no te quedes con la respuesta. Pide que expliquen qué pistas han utilizado para llegar a esa conclusión. Podemos hacerlo más difícil incluyendo información que permita varias interpretaciones. Así aprenderán a distinguir entre lo que sabemos y lo que suponemos.

2. Algo no cuadra: para trabajar la supervisión de la comprensión.

Prepara un texto con una contradicción: «A las ocho de la mañana, Lucía salió de casa para ir al colegio. Llegó a clase a las nueve. Después de comer, a las siete de la mañana, regresó a casa». El reto consiste en encontrar el error y explicar por qué no tiene sentido. Podemos introducir contradicciones temporales, cambios de personaje o detalles que no encajan con lo ocurrido anteriormente. La idea es enseñar que, cuando algo no tiene sentido, debemos detenernos y revisar la información.

3. El titular perdido: para trabajar la idea principal.

Busca una noticia breve o escribe un pequeño texto sin título. Después pide que inventen un titular que explique de qué trata. Podemos comparar varios títulos y comentar cuáles recogen mejor la información esencial. Es una manera sencilla de trabajar la síntesis sin recurrir siempre al típico «haz un resumen».

4. ¿A quién se refiere?: para trabajar las relaciones entre frases.

Presenta oraciones con pronombres y varios personajes. «Daniel encontró a Pablo en el parque. Le entregó el libro que había olvidado». ¿Quién entregó el libro? ¿Quién lo había olvidado? Podemos añadir contexto para resolver la ambigüedad y explicar cómo cambian nuestras interpretaciones. Esta actividad ayuda a prestar atención a pequeños elementos del lenguaje que pueden modificar por completo lo que entendemos.

5. Lee y resuelve: para trabajar la comprensión funcional.

Utiliza materiales cotidianos: un horario, una receta, un menú o las instrucciones de un juego. Por ejemplo: «La biblioteca abre los sábados de 10:00 a 13:00. Marta tarda veinte minutos en llegar y sale de casa a las 12:45. ¿Llegará antes de que cierre?». El alumnado tiene que localizar la información, relacionarla y resolver una situación concreta. Y aquí la comprensión lectora deja de parecer una actividad de Lengua para convertirse en algo que necesitamos en nuestra vida diaria.

Un detalle importante: hacer preguntas no es lo mismo que enseñar a comprender

Esta es una idea con la que nos gustaría que te quedaras. Cuando entregamos un texto y planteamos cinco preguntas, estamos comprobando hasta qué punto alguien lo ha comprendido. Pero eso no significa necesariamente que le estemos enseñando a comprender mejor.

Para enseñar una estrategia, primero tenemos que mostrar cómo funciona. Por ejemplo, si queremos trabajar las inferencias, podemos leer una frase y explicar en voz alta nuestro razonamiento: «Aquí dice que el suelo estaba mojado y que había paraguas en la entrada. Creo que ha llovido, porque esas dos pistas me llevan a pensarlo». Después podemos resolver otro ejemplo conjuntamente y, finalmente, dejar que el alumnado lo intente con mayor autonomía. Lo mismo ocurre con identificar ideas principales, relacionar frases o detectar contradicciones.

No basta con pedir que lo hagan. Tenemos que enseñar cómo hacerlo. Las investigaciones sobre enseñanza de la comprensión lectora respaldan precisamente el trabajo explícito de estas estrategias, acompañado de práctica y apoyos ajustados.

¿Y si necesitamos más ideas o materiales?

No siempre tenemos tiempo para preparar textos, tarjetas o actividades desde cero. Y tampoco hace falta reinventar la rueda cada vez que queremos trabajar una habilidad concreta.

En la tienda de POCOMACOCO tenemos materiales educativos y juegos para trabajar diferentes aspectos de la comunicación, la lectura, la comprensión y la expresión, entre otras habilidades. Quizá encuentres algún recurso que encaje con lo que estás buscando. Y, si no, esperamos que al menos este artículo te haya dado algunas ideas para empezar. Porque no siempre necesitamos un material nuevo. A veces lo que necesitamos es tener un poco más claro qué queremos trabajar y por qué.

Leer para entender el mundo

La comprensión lectora no sirve únicamente para responder preguntas sobre un cuento. La necesitamos para interpretar un problema matemático, entender una noticia, seguir las instrucciones de un medicamento, consultar un horario o descubrir qué demonios nos están pidiendo exactamente en un formulario administrativo.

Y precisamente por eso merece la pena dedicarle tiempo. Cuando un estudiante lee sin comprender, no siempre necesita que le pidamos leer otra vez. Puede necesitar que le enseñemos a interpretar una palabra, relacionar dos frases, localizar una pista o darse cuenta de que algo no tiene sentido. El primer paso es observar qué está ocurriendo. El segundo, enseñar aquello que todavía necesita aprender. Y el tercero, comprobar si nuestros apoyos están funcionando. Porque, al final, el objetivo de aprender a leer no es pronunciar correctamente todas las palabras de una página. Es poder entender lo que dicen y hacer algo con esa información.

Referencias y lecturas recomendadas